Educación Sexual. ¿Sí o no? ¿Para qué? ¿Dónde? 3 preguntas esenciales, con algunas reflexiones

Autor: Joan C. En Educación Sexual

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Que pueden parecer obvias, y que justo por esa obviedad tienden a olvidarse o a soslayarse.

Como seres humanos, nos caracterizamos por habernos desarrollado mucho más culturalmente que biológicamente –al menos en los últimos 10000 años aprox.-. Pero la gran paradoja es que muchas conductas o respuestas instintivas no se desarrollan adecuadamente –tomemos p.e. el estrés-, y muchos aprendizajes ya conseguidos no consiguen transmitirse eficazmente: tenemos un buen ejemplo en la sexualidad.

La sexualidad es una dimensión esencial que, desde la infancia misma, constituye al ser humano como tal. No podemos eludir la pulsión sexual, la libido ni las hormonas sexuales aunque nos empeñemos, salvo en situaciones extremas –como entre los prisioneros de un campo de concentración-.

Por el lado instintivo, esta sexualidad tiene mucho que ver con la genitalidad, la reproducción y la continuidad de la especie, y por el lado aprendido mucho que ver con el desarrollo de la personalidad, la sociabilidad, la afectividad, la comunicación, el desahogo de tensiones, la igualdad y la libertad, a su vez fundamentales para que una sociedad funcione de forma saludable y productiva.

Es probable que, en un cierto grado, también la sociabilidad y el desahogo de tensiones tengan una faceta instintiva –como podemos apreciar en nuestros ‘parientes’ los chimpancés bonobos-. Pero ya hemos dicho que tanto el instinto como el aprendizaje pueden verse obstaculizados.

Muchos de nosotros, ya adultos, hemos crecido sin recibir ningún tipo de educación sexual, y ahora creemos tener ya toda la información necesaria sobre ello. ¿Cómo la hemos obtenido? En la mayoría de casos ‘sobre la marcha’, procesando y descifrando informaciones parciales y sesgadas recibidas de amigos o conocidos, de publicaciones y, raramente, de algún familiar, y luego mediante el ensayo-error-vergüenza propios de la misma práctica. ¿Hubiésemos preferido adquirirla antes o por otros medios? La respuesta dependerá mucho de las consecuencias negativas que nos haya hecho sufrir su ignorancia, o del nivel de represión en la época o lugar en que hayamos crecido.

La educación sexual, en todo caso, es un asunto que puede –y quizá debería- contemplarse desde la niñez, pero que impacta principalmente en adolescentes, a partir del momento en que las hormonas sexuales fluyen con ímpetu en sus cuerpos.

Ya en la infancia existen la exploración y la estimulación sexual, esto está sobradamente constatado por la Psicología Evolutiva. Luego, en la adolescencia, tienen ya sus primeras erecciones, orgasmos espontáneos, deseos y fantasías, menstruaciones, su físico se moldea con curvas y prominencias –y reconozcamos que esta ‘erotización’ es también por diseño biológico- y experimentan con sus cuerpos masturbándose.

¿Por qué nosotros nos empeñanos en considerarlos inmaduros para las relaciones sexuales, mientras la biología parece empeñarse en todo lo contrario?

Porque no somos ‘animales’, somos seres humanos moldeados por una cultura, con sus normas y costumbres. Porque parecemos empecinados en que siga vivo el tabú –expresión que, inevitablemente, nos recuerda lo primitivos que aún somos-. También porque pensamos como adultos, lo cual significa pensar en las consecuencias de tener relaciones a esa edad. Esto es lógico, pero es a la vez peligroso:

pensar y comportarse sólo en base a consecuencias puede llevar a olvidar causas o motivaciones de fondo que se empeñan en prevalecer.

Las siguientes son quizá las tres cuestiones que más comúnmente surgen al plantearnos esta temática y, aunque a menudo hay quien las da por resueltas, se empeñan tozudamente en volver a la palestra:

1.    ¿Es necesario darles una educación sexual a los adolescentes?

Por un lado, si los adultos hemos ‘sobrevivido’ sin ella, si hemos aprendido a reproducirnos, a madurar afectiva e intelectualmente, a dar y obtener placer de una forma saludable y respetuosa, a desarrollar la empatía, contribuyendo con ello al bienestar propio y de los demás, a hacer realidad la igualdad hombre/mujer en todos los ámbitos, estaremos tentados a responder que no es necesario. Pero ¿hemos aprendido y realizado de verdad todo esto? ¿Y cuando de verdad ‘tocaba? o ¿nos llegaron tarde demasiados conocimientos y oportunidades? Seamos sinceros con nosotros mismos: si no nos hemos desarrollado tanto como hubiésemos deseado, ni cuando hubiésemos querido, en lo sexual-corporal, en la igualdad entre sexos, en la expresión de nuestros afectos, en el respeto a la diferencia y la dignidad propios y ajenos, debemos plantearnos darles mejores oportunidades al respecto a nuestros adolescentes.

Por esta primera razón, debemos reconocerles su derecho a vivenciar y expresar su propia sexualidad, y a recibir una buena educación sexual si la necesitan.

Lograr esa primera sinceridad con nosotros mismos, los adultos, es muy importante. Algunos quizá hemos vivido experiencias sexuales ‘liberadoras’ en una época de fuertes cambios culturales y sociales, y nos gusta creerlo así y hasta hacer bandera de ello, pero: ¿nos lo creemos de verdad? ¿En qué nos ‘liberaron’ tales experiencias, en qué nos hicieron más ‘maduros? ¿No estamos ahora, p.e., educando a nuestros hijos con un exceso de sobreprotección, dándoles todo lo que piden porque nosotros ‘no pudimos tenerlo o hacerlo’, exhibiéndoles nuestro supuesto exceso de madurez y de libertad –creando con ello fuertes e incapacitantes dependencias emocionales-, en fin, proyectando sobre ellos nuestras propias carencias? ¿De qué profundas e irreparables miserias, represiones o frustraciones veníamos nosotros realmente? ¿Cómo de reaccionarios nos hemos vuelto los adultos realmente?

Por otro lado, si la dificultad en acceder a información y recursos sexuales causase cada vez más consecuencias negativas, sufrimiento en forma de más embarazos, infecciones, abortos, abuso o maltrato de género entre adolescentes y jóvenes, deberíamos también plantearnos ponerles a su alcance este tipo de educación, mejorándola por cierto, dado que no se ha hecho muy bien en el pasado. ¿Están aumentando tales problemas?

Desgraciadamente las estadísticas confirman que sí. La ignorancia, silencio, distorsión, inyección de valores contradictorios –en el fondo la pervivencia del tabú del sexo- se mantienen o incluso se incrementan, y con ello los gravísimos problemas asociados, de tal magnitud que pueden, y deben, considerarse como de salud pública. Muchos profesionales de la Salud así lo siguen constatando y, viendo el coste social, sanitario y emocional implicado, algunos Estados intentan implementar y normalizar esta materia en los programas educativos.

Por este segundo motivo, por este importante y creciente problema de salud pública, debemos seguir reconociendo que una educación sexual eficaz, aunque no sepamos aún cuál exactamente, podría reducirlo significativamente.

La ética también tiene algo que decir al respecto: mucho más grave y peligroso que un aborto legal es un aborto ilegal; mucho más grave aún que ambos juntos son esos niños no deseados, no ‘encargados’ por sus padres, de los que el segundo y tercer mundo andan llenos, niños desmotivados, desalentados desde su nacimiento y sin ningún futuro, lo que debería considerarse claramente un delito o crimen contra la humanidad desde el momento en que existen medios para paliarlo.

Ya existen algunos datos estadísticos y evaluaciones concluyentes sobre la sexualidad de nuestros adolescentes, tomados de los errores y aciertos, desde los años 70 hasta hoy mismo, y que pueden tomarse como importantes criterios. Hay que destacar en especial cuatro:

•    Que a nivel mundial, la mayoría de jóvenes se inician en las relaciones sexuales ante de cumplir los 20, y la mitad o más, en torno a los 16.

•    Que el uso correcto y eficaz de métodos anticonceptivos es más probable cuanto más tarda en darse esa iniciación sexual.

•    Que la educación sobre anticoncepción y enfermedades de transmisión sexual puede modificar los comportamientos sexuales, de forma negativa si sólo se incide en estas cuestiones, o si se empieza a enseñar a una edad, la de la escuela secundaria, en que la mente del adolescente es demasiado caótica, debido a que justo en esa etapa confluyen con mucha fuerza la presión de las propias hormonas, del entorno de los amigos y de la interferencia y recelo de los padres.

•    Que la educación sobre actitudes y habilidades o destrezas sociales, si se imparte tempranamente en la escuela primaria, retrasa después la edad de inicio al sexo, reduce la promiscuidad en la adolescencia, y ayuda a asimilar mejor la información sobre anticoncepción y ETS que se enseña posteriormente en la escuela secundaria, reduciendo el número de embarazos tempranos indeseados, abortos, práctica del sexo sin protección, y la misma incidencia de tales ETS, incluyendo el VIH.

En parte todo dependerá, pues, de qué clase de educación sexual –y luego, de cuándo darla y dónde-. ¿Cuál será la ‘correcta’?

Para empezar, la que transmita conocimientos y valores directamente procedentes de la Ciencia más actualizada – hay que empezar revisando los libros de texto, claramente desajustados e incluso falaces-. La que excluya tintes y reacciones morales, maniqueas y exaltadas. La que incluya las temáticas más candentes para los jóvenes. La que ayude a manejar con criterios propios y con pragmatismo –el real, el de la calle y las situaciones cotidianas-, situaciones de discriminación, de abuso, represión, violencia de género, la mayor vulnerabilidad de la mujer ante ETS, u otras más concretas como la negociación del uso del preservativo con la pareja, o la evitación de la presión ejercida por la pareja para iniciar relaciones sexuales –dificultades importantes para muchas jóvenes, en aumento en algunas sociedades-. La que incluya hablar del placer, de los cambios físicos ante la excitación, de la emotividad y su expresión, de la exploración y el autoplacer corporal, de las particularidades de género, de la orientación sexual, pero

enseñando a discernir y protegerse de los mensajes incisivos del entorno, de los medios de comunicación o del consumismo, enseñando a darle un sentido y unos criterios a ese placer, deseo, curiosidad, impulso o tendencia.

La que contemple y respete –o denuncie si es lo que toca- la línea educativa que los padres quieren para sus hijos menores, pero que a la vez garantice los derechos sexuales de éstos por encima de aquéllos, cuando el entorno familiar sea tan represivo, o permisivo o contradictorio que amenace gravemente su desarrollo psicoafectivo. La que consiga aflorar, quizá para rectificarlas, algunas de las verdaderas pautas de conducta de estos adolescentes, cosa nada sencilla dado el pudor propio de esa edad y dado el ámbito privado e íntimo al que se asocia la sexualidad en las culturas más o menos ‘civilizadas’.

Se trata, pues, de enseñar actitudes más que de dar mera información o acercar recursos:

adquisición de criterios propios, discernimiento de estereotipos y resistencia a la presión procedentes del entorno, capacidad para negociar situaciones –ahí la escuela puede aportar mucho-, expresión de la propia afectividad y respeto de la ajena, capacidad para tomar decisiones autónomas o no-dependientes de los demás –ahí la familia puede aportar mucho-. Actitudes que son denominadas también ‘habilidades sociales’, los nuevos valores y recursos fundamentales en toda esta cuestión.

La continencia o autocontrol de los instintos, la desconfianza hacia los mensajes y presión del entorno, la abstinencia, la adecuación a valores éticos –pero nunca moralizantes, paternalistas ni dogmáticos-, pueden llegar a contemplarse –y de hecho se están usando con éxito en los nuevos programas sexoeducativos-,

pero una educación únicamente basada en la represión, la ocultación, cierta moral, o en la abstinencia, puede parecer eficaz a corto plazo, pero resultará inevitablemente incompleta y sesgada, informará pero a la vez creará confusión y conflicto interior, mantendrá vivos sentimientos de dominación/sumisión/vergüenza. Será una buena excusa para seguir intentando ejercer control sobre todo tipo de conducta sexual. En este último caso quizá será mejor no impartirla y que la reciban por los cauces alternativos habituales.

2.    Si les damos educación sexual a esas edades ¿no estaremos incitándolos a tener relaciones sexuales?

Podría sacarse esta conclusión analizando los resultados de programas educativos basados en informar sobre anticoncepción y ETS y en facilitar el acceso a tales métodos y recursos: pocas veces han evitado que se adelante la edad de inicio en las relaciones sexuales o que crezca el número de embarazos indeseados, e incluso se asocian en el tiempo con un incremento de tales problemas. Pero llevar esta conclusión a un nivel de causa-efecto es demasiado simplista, probablemente maniqueo visto que la enarbolan con fuerte oportunismo grupos adscritos a ideologías morales religiosas: y sabemos bien que todo pensamiento que depende de dogmas inamovibles tiende a ver las cosas como blanco o negro, sin matices. Es especialmente lamentable observar sesudos estudios pseudocientíficos patrocinados por tales grupos, en los que no dudan en mezclar datos científicos con criterios sesgados y nada neutrales, o llegar a conclusiones ya trazadas a priori: tenemos un ejemplo en algunos textos -no todos, hay que decir que otros contienen información muy válida- del área de Educación de la Afectividad y de la Sexualidad de la Universidad de Navarra –vinculada a la Orden del Opus Dei-. Este otro, no tanto estudio sino comentario de estadísticas y datos, perteneciente a un foro vinculado al catolicismo, demuestra quizá menos sesgo, más coherencia y nivel intelectual, mereciendo tenerse en cuenta y recordando que la pregunta responde de hecho a una duda razonable.

De todos modos, ésta es a menudo una pregunta ‘envenenada’. Como lo es la moral de nuestra sociedad. Por un lado, el entorno cultural (publicidad, medios de comunicación, consumismo), sin distinguir sectores ni edades, ensalza la belleza, la juventud, el culto al cuerpo, la seducción, y presiona para que experimentemos (o mejor consumanos) la sexualidad como una vía hacia la felicidad, libertad, emancipación y crecimiento personales. Por el otro,

querríamos que nuestros adolescentes y jóvenes se preservaran sexualmente, que no ‘mancharan’ con el sexo sus almas inocentes. Les incitamos a una esquizofrenia social, y queremos a la vez protegerles de ella.

En realidad proyectamos sobre ellos una doble moral, hipocresía, patriarcalismo o incluso sentimientos de culpa colectivos (por el modo en que tratamos o ‘destratamos’ a nuestra infancia, por el escaso afecto, diálogo, confianza o capacidades que les transmitimos, por el futuro que les alentamos a nuestros jóvenes), mostrándoles nuestra visión de la sexualidad como algo enriquecedor y, a la vez, sucio, pecaminoso y traumático. Probablemente proyectamos también una rabia largo tiempo contenida por nuestras propias frustaciones. Esto es muy grave, y debería hacernos reflexionar profundamente.

Podemos estar tentados a reprimir del todo cualquier conducta o actitud sexual de los jóvenes, podemos llegar a decir p.e. que el mismo hecho de tener relaciones les puede traumatizar, argumento difícilmente sostenible:

así lo confirman estudios antropológicos en diversas culturas tradicionales y primitivas, donde está consensuado que los/las jóvenes ‘jueguen’ libremente de forma sexual, antes del momento de iniciación a los ritos de adultez. ¡Y sorprendentemente, el porcentaje de embarazos accidentales es mínimo! Se trata en estas tribus de un juego orientado al placer, a la exploración física y emocional. La conclusión es algo ya sobradamente conocido: que la posibilidad de trauma psicológico al participar en actividades o juegos sexuales, consentidos y de igual a igual, en la adolescencia, es claramente menor que en otras actividades cotidianas o escolares. Otra posible consecuencia negativa es un embarazo o una ETS. Realmente ésta sí debe tenerse en cuenta, pues la mayoría no están preparados para la maternidad/paternidad. ¡Pero es que justo ahí la educación sexual puede ayudar mucho!

Desde la Sexología se afirma que educando en sexualidad no les incitamos a tener relaciones. A mí me parece sin embargo, como ya he mencionado, que la duda es razonable, dependiendo de cómo sea esa educación. Pero supongamos ahora que, si les negamos una educación sexual formal, algunos no lleguen a materializar sus deseos o fantasías eróticos. Aun así, un montón de experiencias sexuales tempranas tendrán lugar igualmente, con o sin educación extra, pero está claro que

sin esa educación sexual, una parte importante de quienes las tengan van a sufrir más las consecuencias de embarazos indeseados, abortos, abuso e infecciones de transmisión sexual, consecuencias que pueden llevar al fin de los estudios, a la depresión, marginación, delincuencia y drogas en los peores casos.

¿Qué ganamos con lo primero, con ese porcentaje que se han salvado de ‘mancharse’ o ‘traumatizarse’? ¿Compensa con todo el potencial social y humano desperdiciado con lo segundo?

Las nuevas tendencias en programas de educación sexual buscan resolver todas estas dudas legítimas e inquietantes (ver más abajo, el apartado dedicado a la escuela). Parece que lo que va a funcionar mejor es no sólo informar científicamente, sino educar en actitudes –de autoestima, de comprensión del entorno, de expresión afectiva-, resultando incluso más eficaz cuando tales valores se enseñan en la escuela primaria, antes de la secundaria.

3.    ¿Qué lugar y quienes serían los más adecuados para impartir educación sexual?

La respuesta suele oscilar entre la dicotomía padres/escuela, que es como decir familia/Estado. Ojalá existiera una tercera opción, pues ninguno de los dos me parece en el fondo el más idóneo. El poder, el control y las ataduras emocionales no casan bien con esa cumbre de expresión de libertad y crecimiento personal que es la sexualidad. Puestos a elegir, elijo el Estado, porque la familia no destaca por regirse o corregirse mediante criterios democráticos, pero propondré hacia el final una opción algo diferente, aunque ya medio-experimentada.

a) Padres-familia.

Les hemos oído a menudo a los padres argumentos del tipo: ‘la educación sexual formal pretende anular el rol de los padres’, o bien ‘que no decidan por mí qué deben saber mis hijos, o cuándo pueden tener relaciones sexuales’, o bien ‘quieren destruir a la familia’. De las reclamaciones de los padres se deducen tres o cuatro cosas:

•    una, que temen perder la línea educativa que por derecho pueden y desean darles a sus hijos, en principio un derecho legítimo que nadie debería arrebatarles, pues además los menores necesitan un marco afectivo y/o de valores en el que crecer y formarse, y que hoy por hoy sigue llamándose familia;

•    dos, que ese temor raya a veces la irracionalidad: la escuela nunca ha pretendido anularlos o reemplazarlos, sino complementarlos, ni dirigir o incitar la sexualidad de sus hijos, sino informarles, pero es que es obvio que en el fondo los padres lo saben, pues siguen confíando en esa labor escolar para todo el resto de materias;

•    tres, que esa irracionalidad exagerada habla de lo importantísimo que es el asunto de la sexualidad de los menores para sus progenitores, y no se equivocan en ello, pues se trata de un ámbito crucial que les ayudará a madurar y emanciparse –generalmente de la propia familia, claro-;

•    y cuatro, que

como confirman los estudios al respecto, no sólo la mayoría de padres no han recibido formación sexual en los temas básicos, sino que se sienten incapacitados para dar a sus hijos una educación sexual adecuada,

limitándose casi siempre a prolongar la tergiversación a través del silencio y las respuestas elusivas. Y eternizando, sin darse cuenta, la pervivencia del tabú sobre el sexo –para muchos de estos padres siguen siendo un absoluto tabú cuestiones como las prácticas homosexuales o el sexo anal-.

De alguna forma sería bueno reeducar a los padres, pues hace mucha falta. Muchos emplean con sus hijos una serie de valores todavía anclados en el pasado. La tecnología, la sociedad, pero también la familia, son cosas que están cambiando, y muchas personas se resisten siquiera a ver este cambio y a comprender que puede ser positivo.

Nuestra propia resistencia a aceptar los cambios sociales lleva a consecuencias conflictivas, a problemas a menudo convertidos en portada de noticias de actualidad en aquellos medios caracterizados por su reaccionarismo.

Muchos de estos padres, p.e., ven como una insoportable injerencia la nueva legislación del Estado español en la cuestión del aborto –y tiene mucho que ver con el tema de la educación sexual-, pero parecen incapaces de visualizar lo positivo de informar acerca de cómo protegerse sexualmente –véase el problema antes mencionado de los hijos ‘no buscados’-, o el problema de una hija que un buen día les comunica que está embarazada: ¿es ético que algunos de esos padres puedan decidir por ella que debe tener ese hijo?

Claramente no, y el Estado lo que intenta es impedir la posibilidad de que cosas así lleguen a ocurrir, pues también la menor tiene unos derechos, aparte de su obediencia a la ‘patria potestad’ –o en conflicto con ella, primer paso crítico en la conquista de su propio libre albedrío-. A muchos de estos padres, hablando con otros adultos, no les cuesta reconocer que la vivencia de la sexualidad es una vía esencial hacia el conocimiento propio y de los demás, hacia el desarrollo de la intimidad y emancipación individuales. Y justo éste parece ser

el miedo de muchos padres con sus hijos: miedo a que desarrollen una intimidad y un libre albedrío descontrolados –lo vemos actualmente con el auge de Internet y las redes sociales-, nuevos modos de comunicarse y relacionarse, miedo a encuentren lo que la familia no consigue darles y, estamos tentados a decir –viendo en ocasiones el tinte paranoide de ese miedo- a que crezcan y maduren fuera del supuesto ámbito de amor, confianza y cooperación, o del a menudo real ámbito de poder, jerarquía, desconfianza y dependencia emocional.

Es un miedo en parte lícito, pues los menores necesitan el marco de desarrollo paterno/materno, pero en parte irracional, pues habla también de un sentimiento de pérdida, de que no regrese una confianza tristemente ya perdida de antemano, confianza extraviada por la continuada falta de diálogo, por no entender ni acompañar ni manejar bien etapas de crecimiento tan críticas como la rebeldía adolescente. La tarea previa pendiente de los padres es solucionar la crisis interna de la propia institución familiar.

Respecto al argumento de la destrucción de la familia como institución, pues, no van del todo desencaminados, salvo en el hecho de que el Estado no es el agente causal directo. No hay conspiradores. Es que parecen no haberse enterado todavía: el modelo de familia tradicional está en crisis, se está transformando al son de los cambios sociales, culturales, éticos y hasta tecnológicos. La escuela educa mal, pero es en parte debido a que los niños y jóvenes llegan a ella sin unos adecuados valores de respeto, tolerancia, esfuerzo o sentido crítico, que los padres no han sabido inculcar y que la escuela no puede suplir, porque esa tarea la desbordaría. Por todo ello, y

salvando excepciones -que como mucho alcanzan un 19%, según el país o cultura-, los padres raramente son los más indicados para impartir una buena educación sexual a sus hijos.

Y esto debe tenerse en cuenta también para cuestiones como la anticoncepción o la interrupción del embarazo en adolescentes. Ante la elevada incidencia de familias desestructuradas o definidas por la desconfianza de los hijos y la incapacidad de los padres, opino que

el Estado, garantizando principios esenciales de su Constitución, no debe dudar en legislar para garantizar los derechos sexuales y reproductivos del/la adolescente, estableciendo sin dudarlo y cuando sea necesario la separación entre familia y sexualidad,

de modo similar a como es necesaria la separación entre religión y Estado para la buena salud democrática de una sociedad.

b) Escuela.

Entonces, ¿la escuela podría ser la alternativa ideal para impartir educación sexual?. En algunos países parece que empieza a funcionar relativamente bien, como es el caso de Holanda –con la tasa de madres adolescentes más baja del mundo-, donde se ha invertido mucho en investigación sobre planificación familiar, en actualizar constantemente los manuales escolares, en sensibilizar a los medios de comunicación y en facilitar el acceso a los servicios médicos y sociales, donde no hay ningún programa impuesto por el Estado, y donde se imparte la materia ya desde la escuela primaria. En Europa, en general, bastante mejor que en Inglaterra y, lo peor, EEUU.

Cuando funciona bien, hablamos sobre todo de países donde hay una importante apertura sexual, donde los padres tienen un enfoque pragmático de la sexualidad –asumen como absolutamente normal que sus hijos van a tener relaciones sexuales-,

donde está bastante normalizada la contemplación de cuerpos desnudos, o incluso de parejas o familiares haciendo el amor –tampoco son cosas que ocurran frecuentemente, claro-, y el respeto a la individualidad, a la intimidad y a la diversidad, de género o de etnia, están muy interiorizados. Aunque cuidado, no hay nada perfecto: en algunos de estos países la verdadera base de su alta tolerancia es en realidad una gran indiferencia, y su lema no escrito ‘vive y deja vivir’ puede puntualmente convertirse en ‘vive y deja morir’: véase el reciente caso del ‘monstruo de Amsteten’ en Austria. Pero cada país o cultura tiene matices diferentes.

Es un hecho constatado que los programas sexoeducativos aplicados en las últimas décadas no han acabado de funcionar,

especialmente en sociedades tan supuestamente desarrolladas –y a la vez con tantas contradicciones morales- como la norteamericana y la británica, donde los niveles de embarazos indeseados, abortos y ETS entre adolescentes son aún muy altos, o han aumentado pese a los –en su momento- innovadores programas de los años 70 y 80 –incluso debido a conductas sexuales tenidas en la preadolescencia-. En éstos y en muchos otros países, hay que volver a analizarlo todo, evaluarlo y esforzarse en mejorarlo, y mucho, comprendiendo las implicaciones estructurales más profundas y amplias del problema. Es de esperar que los expertos de instituciones internacionales den por fin buenas pautas, que las legislaciones estatales no dependerán en esto de la opinión pública, y que los docentes y los programas educativos estarán más capacitados y serán cada vez más neutrales e inteligentes.

Señalaba antes que el Estado Constitucional no debe dudar en garantizar los derechos sexuales y reproductivos de los adolescentes, por encima de la familia cuando sea preciso. Pero esto debe hacerse en base a un amplio sentido común. Escuchando también a los padres y otros grupos de opinión, aunque sin plegarse a ellos. En Inglaterra, p.e., legislar en 16 años la edad de consentimiento válido, ha resultado una medida que por sí sola ha reducido bastante la promiscuidad y los embarazos no deseados entre adolescentes, al margen de programas ineficaces apoyados en dispensarios y centros de planificación reproductiva. En EEUU, programas educativos ineficaces basados en métodos anticonceptivos e información sobre ETS, se cambiaron introduciendo formación para resistir la presión del entorno para tener relaciones tempranas, exitosamente.

Se empieza a experimentar fructíferamente con programas –incluso impartiéndolos desde la escuela primaria- basados no sólo en informar para protegerse en caso de que se vuelvan sexualmente activos, sino en enmarcar el asunto de las relaciones sexuales, el erotismo, el deseo, la identidad y la orientación sexuales dentro de valores como el autocontrol, un marco de afectividad estable, igualitario y correspondido, y en potenciar la capacidad de socialización y el espíritu crítico del menor para preservar su intimidad y protegerse de la influencia del entorno.

De ningún modo hay que potenciar, pues, el placer por el placer, ni la mera satisfacción hedonista o egoísta, ni siquiera ‘la alegría del placer sexual humano’ o conceptos similares que pueden llevar a equívoco a las mentes adolescentes que todavía están madurando.

¿Cuándo la escuela no es una alternativa tan ideal? Cuando los mismos docentes no están lo bastante capacitados para impartir la materia, o ésta no posee contenidos pedagógicos actualizados ni bien estructurados ni homologados, lo que se puede comprobar en el alto porcentaje de deficiencias científicas y promotoras de actitudes en los libros de texto –ambos problemas de hecho todavía muy presentes-. Cuando ni los padres, ni el entorno ni la escuela han inculcado unos mínimos valores de respeto y tolerancia a la individualidad y diversidad de cada persona, con lo que los jóvenes llegan a la escuela demasiado contaminados por valores morales contradictorios. En esta situación

la escuela no consigue suplir unas carencias tan profundas ni hacer llegar este tipo de educación, porque los adolescentes han hecho ya de ella una prolongación del escenario de lucha de poder, manipulación y desconfianza propios de una familia y un entorno demasiado cerrados aún a cuestiones sexuales, afectivas y de respeto o tolerancia.

Ante cualquier intento de educarles en sexualidad, p.e. sólo al oír palabras como ‘sexo’, ‘pene’ o ‘vagina’, sienten vergüenza, estallan en risas contagiosas y no escuchan nada. En tales contextos socioculturales, pues, la escuela tampoco es el lugar más adecuado para impartir educación sexual, pese al empeño antes mencionado de algunos Estados, empeño que debe ser periódicamente revisado, pues corre además el riesgo de caer en el paternalismo y en el biologicismo, según los gobiernos de turno.

c) ¿Cuál sería entonces el lugar ideal cuando hasta la escuela falla?

Bueno, esto es una propuesta personal.

Afirmaba antes que ni la familia ni el Estado son instituciones ideales para educar acerca de la sexualidad. Porque los mecanismos esenciales de tales instituciones, léase autoridad, control, jerarquía, normalidad, despersonalización, muy poco tienen que ver por definición con la sexualidad, una de las pocas actividades que permiten al individuo ejercitar un auténtico conocimiento de sí mismo y del otro, vivenciar una auténtica posibilidad de empatizar y confiar en otra persona hasta el extremo de abandonarse completamente en ella.

Para ayudar a preservar la salud de la sociedad en su conjunto, una educación sexual mínima, centrada en valores y actitudes, debe plantearse para el alumnado infantil de la escuela primaria.

Para ayudar a preservar esa libertad e intimidad inviolables, y a la vez ayudar a los padres a sentirse tranquilos respecto a la no manipulación o ‘mancillamiento’ de sus hijos, la educación sexual a los adolescentes –en torno a 16 años- debería estar lo más posible en manos de instituciones independientes, muy capacitadas y reconocidas.

Ya se ha intentado de diversas maneras, y pese a que no ha fructificado por las razones ya expuestas, opino que debería insistirse más en esta línea. Esto pasaría por externalizar este servicio, ya sea trayendo personal especializado a la escuela, ya sea permitiendo que los chicos/as acudan por sus medios y libre elección a un centro externo. Si la sexualidad es sinónimo de libre albedrío, elección, individualidad, intimidad, creatividad –sí, no me cansaré de repetirlo-, esa libertad y esa elección deben estar a la vista de los padres, quienes tienen la tutela sobre esos menores y una capacidad importante para decidir sobre ciertas opciones educativas, para decirles ‘no quiero que vayas’ si así lo sienten –pero a ellos, no a la escuela-. Si además a esa edad lleva aparejados vergüenza y pudor, por todo ello lo ideal sería la segunda opción. Impartir esta materia fuera de la escuela, creando para ello un centro específicamente dedicado, o aprovechando uno ya existente que disponga de profesionales de la salud sexual y de su enseñanza, bien formados en la materia –una materia que necesita urgentemente estructurarse y homologarse-, ampliándolo y dotándolo de más profesionales versados en pedagogía. Podrían por ejemplo aprovecharse y ampliarse los ya existentes Centros de planificación Familiar, que podrían pasar a denominarse Centros de Educación y Planificación Sexual y Reproductiva, o algo similar. Tendrían sus propios profesionales, quizá no sólo disponibles para el alumnado de la escuela secundaria sino para la población en general (aunque con prioridad para los primeros), y debería ponerse mucho empeño en no ejercer una pedagogía ni patriarcal, ni exclusivamente bio-médica.

Del punto de vista del alumnado, la Educación Sexual a adolescentes debería ser siempre una materia optativa, nunca obligatoria. Que cuente como créditos con valor para el total del curso escolar, pero tampoco demasiados para que quienes no vayan no resulten discriminados.

Debería darse a los chicos y chicas la oportunidad de elegir si quieren recibir esa educación sexual, cuándo, cómo y con quién. E independientemente de los padres si lo necesitan. Por necesidad o por propia curiosidad, nunca por presión de los amigos o del entorno, nunca por que alguien les dirige, ni por modas médicas o educativas.

Reservando días disponibles de un modo discreto y anónimo. Todo esto haría que se lo tomasen más en serio, que no les invadiera la vergüenza ni risas nerviosas, que planteasen de verdad sus dudas, voluntaria y desinhibidamente, ante alguien con quien van a proyectar un respeto y una seguridad para su intimidad y anonimato.

Escrito por Joan C.

Falopius.net es una web dedicada a divulgar, orientar y ofrecer recursos para la sexualidad humana. La autoría principal de sus contenidos corresponde a Joan C., quien se ha formado en el campo de la Antropología, entre otros.


4 jul 2009 • Revisado 15 abr 2013 • 1502 Views

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