Viviendo la Sexualidad. ¿Derecho Universal o Concepto Etnocéntrico?

Autor: Joan C. En Blog

La Sexualidad como uno de los aspectos esenciales que nos constituyen como seres humanos.

(…)¿No se correrá el peligro de inculcar, con textos como la mencionada Declaración y en nombre de la dignidad humana, una forma homogeneizada de vivir la Sexualidad?

La primera frase constituye el criterio de partida con que la Asociación Mundial de Sexología (WAS) estableció en su momento una Declaración de los Derechos Sexuales, adoptada después por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Unas líneas básicas para intentar garantizar que cada ser humano viva su Sexualidad en forma libre y plena, especialmente en lo referente a cuestiones como identidad de género, orientación sexual, erotismo, placer, intimidad, y control y seguridad sobre la reproducción. Las intenciones de la Declaración son nobles, pues el contexto social y cultural en muchas regiones del mundo, de explotación, sometimiento y maltrato sexuales hacia mujeres y niños, la inexistencia o falta de recursos sobre planificación de la reproducción, la vulnerabilidad ante enfermedades de transmisión sexual, etc. parecen justificar sobradamente este texto.

Sin embargo, hay dudas éticas importantes en la misma definición del asunto. Si consideramos y acordamos que

la Sexualidad es uno de los poquísimos ámbitos donde el ser humano puede expresar, al menos potencialmente, una libertad, intimidad y creatividad auténticas e irreductibles, como nos parece –y estamos absolutamene convencidos de ello-, resulta paradójico que se lo intente dotar de unas reglas,

por más que busquen garantizar esa libertad y lleven el calificativo de ‘derechos universales’ o ‘salud mundial’. Ciertamente los contextos sociales de abuso, desatención, sumisión, enfermedad parecen demandarlo. Pero ¿de verdad se pueden poner límites, aunque sean en positivo, a la Sexualidad? Está siempre aparentemente ligada, en todas las culturas, a costumbres y normas sociales, religiosas y hasta político-legales, y aunque es un vínculo fuerte, con verdadero poder que obliga, más bien lo habitual es que las personas sigan innovando y relacionándose sexualmente al margen o justo a la contra o escapando de tales normas y costumbres.

Esta ‘rebeldía’ sexual individual ha existido, existe y existirá siempre contra las normas impuestas desde fuera del individuo, en tanto siga existiendo un atisbo de individualidad y de libertad personales.

Con mayor o menor éxito, pues lo público intenta a menudo invadir y controlar a los individuos desde su propio ámbito privado, descarada y represivamente en regímenes tradicional-patriarcales, dictatoriales o teocráticos; sutil e inteligentemente en regímenes democráticos, mediante la inmersión de los individuos en dinámicas enajenantes desde dentro de su propia psique, orientándolos con el tándem educación/publicidad hacia el consumismo y la persecución de falsos sueños ideales.

Es que la contrariedad es verdaderamente por definición.

La plena libertad sexual del individuo es contraria, por naturaleza, a cualquier forma de poder y de control. Y de normativas. Es hasta subversiva para cualquier poder establecido.

Por eso, y aunque suene paradójico, a la vez que en ocasiones necesario, es intrínsecamente peligroso que instituciones más o menos cercanas a poderes estatales normativicen al respecto, aun con buenas intenciones. Esa dicotomía, como riesgo, está siempre presente. Y esperemos que no llegue el día en que debamos exclamar:

¡por favor, déjennos nuestra Sexualidad en paz!.

Comentemos un poco los 11 puntos de la Declaración (para ver exactamente cuáles son, haz clic en el vínculo):

1. Evitar toda

coerción, explotación y abuso sexuales. Que se cometen abundantemente alrededor de todo el orbe,

y es noble pretender atajarlo. Pero ¿y cuando éstos han sido elegidos, aceptados tácitamente y hasta consensuados de algún modo entre los cónyuges o participantes de la acividad sexual? Porque darse, se dan estas cosas, y a menudo para consensuar intereses o status quo de fondo, que serían los verdaderos problemas a abordar.

2. Tiene relación con el punto 1: es igualmente escandaloso el sufrimiento infligido en forma de

tortura, mutilación y violencia por no respetar que otra persona decida libremente sobre su sexualidad.

Pero de nuevo las causas no son directamente sexuales sino estructurales y, aunque suene extraño, algunos casos de esclavitud o pseudoesclavitud son también aceptados y elegidos por los propios esclavizados –como ha demostrado la Historia y la Antropología, y como insinúa la etimología de la palabra ‘eslavos’-.

3. La

relación entre sexualidad e intimidad o privacidad

no es un hecho universal, no sólo en algunas culturas, sino en ciertas condiciones. De nuevo el problema de fondo es otro: no se puede intentar garantizar la intimidad sexual cuando

en muchas culturas casi se desconoce el concepto de intimidad personal, al menos como se entiende en Occidente, como intimidad material –el piso o la casa conseguidos con ‘el sudor de la frente’-. Por supuesto hay otras intimidades posibles, más inmateriales, y tanto o más ricas que la nuestra, pero nos sería muy difícil comprenderlas.

4. Más de los mismo. Pretender

garantizar la igualdad sexual

choca de frente con las desigualdades de género que, de hecho, son lo que sustentan estructuralmente infinidad de sociedades tradicionales y teocráticas. Tales desigualdades de fondo deben primero resolverse por otros medios, revolucionarios o de cambio sociocultural progresivo. Es un asunto realmente de trasfondo, todavía no resuelto del todo ni siquiera en Occidente: aquí el tema de la desigualdad sexual y su violencia implícita aún no ha desaparecido, y en cambio ha aparecido la constatación de desigualdades entre hombres y mujeres, pero esta vez descubierta por la Ciencia y referida a rasgos fisiológico-neuronales.

5. Decir que

el placer sexual proporciona bienestar físico, psicológico y espiritual es suponer que la persona tiene unos mínimos de seguridad física, psicológica y de espiritualidad previamente conseguidos.

En el segundo y tercer mundo -¿también en el primero?- probablemente habría que cambiar este concepto de bienestar por el de desahogo y algo así como ‘estrategia de aguante por la supervivencia’. Sin más comentarios…

6. El

derecho a expresar la sexualidad a través de la comunicación, el contacto, la expresión emocional y el amor,

es una perogrullada ni siquiera realizable en Occidente más que en el ámbito de la intimidad –una intimidad material convertida a veces en muro de la vergüenza y del pudor celosamente guardado por las leyes de la propiedad privada, en templo del aislamiento y la anti-empatía-. Perogrullada también, porque antes habría que definir lo que se entiende por comunicación, ese descomunal mito, definir lo que se entiende por amor, enseñar a expresar esa emotividad…

7. Emparejarse, casarse o divorciarse de quien y cuando se quiera es un hito del individualismo y la fractura de la familia en la cultura occidental, y actualmente es un ideal que actúa con fuerza en países del ‘segundo’ mundo como India, donde parece que algo está haciendo tambalearse.

Con gran dificultad. En general la ausencia de este derecho revela unas estructuras sociales profundas imposibles de cambiar así como así.

8. Va ligado con los puntos 1, 2 y 4 y afecta, claro, de lleno a la mujer. Éste es un punto especialmente peligroso.

Decidir tener hijos o no, su número y espaciamiento entre embarazos, y tener acceso a métodos de planificación reproductiva,

ha permitido en Occidente la emancipación de la mujer, pero ha demostrado a la vez no resolver o incluso potenciar otro tipo de problemas, como el incremento de embarazos indeseados en menores, de abortos y de infecciones de transmisión sexual, al llegar la información a las personas de forma sesgada, en el momento inoportuno o sin la simultánea enseñanza de habilidades afectivas, comprensivas del entorno y de autoestima. En países como China, este derecho se lo ha arrogado directamente el propio gobierno como forma de parchear su incapacidad para asegurar infraestructuras sociales a toda la población.

9. Pretender

que la información sexual proceda siempre de la investigación científica más neutral y ética será visto siempre por culturas tradicional-paternalistas y teocráticas como un intento de injerencia occidental, pues ya me dirán uds. qué tradición científica ‘libre y ética’ existe en tales países.

Habría que enseñarles antes, pues, qué es eso denominado Ciencia y para qué sirve.

10 y 11. Para poder recibir ‘educación sexual integral’ -¡cómo nos gustan los ‘palabros’ rimbombantes y políticamente correctos, nos llevan a pensar que hacemos cosas importantes!- y atención sanitaria en lo sexual, haría falta antes que en el segundo y tercer mundo existieran instituciones apropiadas para ello, o al menos gente preocupada por crearlas y mantenerlas. La realidad, sin embargo, demuestra que

en demasiados países y regiones  no se dispone aún ni de instituciones autóctonas, ni ‘libres y éticas’ que velen eficazmente ya no por los derechos de los ciudadanos, sino por sus propias actividades burocráticas o económicas.

A la vista está que la mayoría de los derechos que se pretenden garantizar, pues, no sólo están ausentes en muchas partes del mundo, sino que justo su ignorancia o menosprecio son lo que sustentan a tales sociedades. Y son sociedades humanas reales, nos guste o no. Pretender garantizarlos urbi et orbe pasaría por desmontar tales sociedades desde sus cimientos, cambiar esas creencias religiosas, esos regímenes represores, esas costumbres irracionales que moldean a Estados y a grupos humanos.

Si las mujeres en algunos países islámicos están sometidas y reprimidas sexualmente, es algo que deberán primero ver ellas mismas, y luego cambiar también ellas mismas,

cuando el asunto se vuelva un clamor y necesidad populares, desde dentro de sus sociedades –eso es exactamente lo que nos dicen a los occidentales, que no las prejuzguemos tanto, que no seamos tan patriarcales y las dejemos hacer, que qué sabemos nosotros de su satisfacción sexual-. O pensemos en algunas sociedades de ciertas islas del Pacífico donde, hasta no hace muchas décadas, era costumbre, y considerado acto de generosa hospitalidad, ofrecer la propia esposa para el goce sexual a aquellos visitantes que llegaban tras un viaje por mar. ¿Podemos asegurar que esa mujer accedía a ello porque se sentía obligada? Algunos estudios etnológicos no parecen confirmarlo. Costumbres como ésta, consideradas aberrantes o bárbaras por ciudadanos occidentales que las observaron, y erradicadas por la tenaz labor aculturadora de las Misiones cristianas, eran quizá tan sólo una muestra -o necesidad- de diversidad cultural, también en lo que a sexualidad se refiere. ¿Qué sabemos realmente de la sexualidad de sociedades como éstas?

Lo que en una cultura es considerado un abuso, o algo obsceno, o incluso ilegal, puede que en otra sea todo lo contrario.

Por ejemplo, en culturas urbanas la zoofilia se considera obscena, mientras que en algunas aldeas rurales constituye incluso una forma tácitamente aceptada de iniciarse en lo sexual. En algunas culturas primitivas, así como en la Grecia antigua -la cuna de la civilización occidental-, lo que hoy sería juzgado como pederastia era no sólo una práctica común, sino además considerada como una iniciación a la vida, pues algunos padres dejaban a sus niños un tiempo con ciertas personas mayores, a las cuales se les tenía un respeto especial por su edad y condición; ese niño se beneficiaba del cariño que le daba esa persona mayor (y que quizá sus padres no tenían tiempo para darle), de algunos conocimientos importantes sobre la existencia, y de una iniciación a los misterios de los sentidos. A lo que parece, tales niños no quedaban de ningún modo traumatizados.

Del mismo modo que la Sexualidad es el reflejo de las virtudes y conflictos en una relación de pareja –casi nunca la causa-, puede contemplarse también como reflejo último de cómo se estructuran muchas sociedades en todo el mundo, también un reflejo de cómo la gente, eso que denominamos el ‘pueblo’, sigue vivo y se ingenia formas de mantener una rica intimidad,

unas pocas veces como una celebración, la mayoría como una escapatoria, desahogo o aguante ante las dificultades inherentes al hambre, pobreza, enfermedad, opresión patriarcal o religiosa.

¿No se correrá el peligro de inculcar, con textos como la mencionada Declaración y en nombre de la dignidad humana, una forma homogeneizada de vivir la Sexualidad?

Quién sabe, tal vez esta Declaración de Derechos Sexuales forme parte de un plan intencionado, de una estrategia a nivel global, orientada a provocar que se tome conciencia de la verdadera naturaleza de los regímenes políticos que les oprimen, o de la rigidez de sus propias costumbres sociales, o de la poderosa influencia sobre sus mentes de doctrinas religiosas todavía ancladas en la Edad Media, y que luego reaccionen de algún modo defendiendo su propia dignidad;

se intuye, p.e., que el desmoronamiento de las teocracias islamistas vendrá muy de la mano de fuertes intentos de la mujer por emanciparse. Tales propósitos son buenos sobre el papel, pero en la práctica calarían poco, al verse como una amonestación o lección prepotente y de origen foráneo.

Podemos cuestionarnos si son acertadas preguntas del tipo:

¿cómo debería vivirse la Sexualidad?

Pues la distancia entre cómo debería vivirse y cómo se vive, aun en individuos no sometidos ni explotados, no es igual para ambos sexos ni en todas las culturas. ¿Podemos de verdad conjugar el concepto ‘Sexualidad’ con adjetivos como ‘normalidad’ o verbos como ‘debería ser así o asá’? Volviendo al ejemplo mencionado, ¿cómo estar seguros que no distorsionamos con criterios occidentales, al juzgar a mujeres musulmanas como sometidas al poder machista y con una sexualidad reprimida y empobrecida? Habría que conocer si esto es realmente asi, si esa mayoría de mujeres contestarían como suponemos a una amplia encuesta sociológica. Si tal encuesta existiese y, sorprendentemente, demostrase que ellas afirman vivir una sexualidad satisfactoria -como se constata a menudo en pequeños sondeos-, aparecerían entonces ‘expertos’ occidentales -como también suele ocurrir- contraafirmando que ellas no son conscientes de tal represión.

Pensamos que la falta de acceso a información sexual, que la falta de expresividad sensual, perpetúan sentimientos de culpa o de pecado, incluso disfunciones sexuales, ante el goce y la exploración del propio cuerpo. Olvidamos con ello que esa información sexual no llega de forma suficiente ni a hombres, ni a mujeres, ni a adolescentes, tanto en los países subdesarrollados, en desarrollo o del primer mundo.

Si aquí aún sufrimos este problema ¿cómo estar seguros de que una escasa exploración del propio cuerpo o del propio placer van a causar siempre sentimientos de culpa, en personas de otra cultura? Los expertos sexólogos usan el concepto ‘analfabetismo sexual’ para referirse a esa falta de conocimientos sobre la sexualidad, concepto que les lleva a deducir que tal carencia supone una violación de los derechos sexuales y una merma del bienestar personal. ¿Estamos usando criterios científicos, del todo liberados de una visión idealista o etnocéntrica?

Queremos pensar que,

siendo la Sexualidad ese ámbito que, en potencia, permite al ser humano una máxima expresión de su singularidad, emotividad y creatividad, no debe estar sujeta a ningún tipo de normas o principios, ni siquiera orientada por aquellos que se pretendan universales y defensores de la dignidad del individuo.

Si en relación con la vivencia sexual existen abusos, explotación, uniones no consensuadas, ignorancia, falta de control, enfermedad y sufrimiento, los causantes de tales problemas, cuando existen (y es lo primero que habría que comprobar in situ en cada sociedad) son el particular marco legal o político, las costumbres y roles sociales, y las creencias religiosas y supersticiones que subyacen.

¿Pensamos en Occidente que nuestra forma vivir la Sexualidad es la mejor que puede llegar a darse?

El ideal de amor romántico, basado en la coincidencia de mentalidades, la igualdad de derechos, la conquista de una intimidad material, el reparto simétrico de obligaciones, las habilidades afectivas y la creatividad sexual, son valores extraños y ausentes en el resto del planeta.

¿Creemos vivir la mejor de las sexualidades posibles, hasta el punto que desearíamos que el resto de la humanidad pudiera compartirla? Tal vez sea ‘lo más de lo más’, pero….también alguien podría llamar a esto arrogancia etnocéntrica.

Escrito por Joan C.

Falopius.net es una web dedicada a divulgar, orientar y ofrecer recursos para la sexualidad humana. La autoría principal de sus contenidos corresponde a Joan C., quien se ha formado en el campo de la Antropología, entre otros.


13 abr 2009 • Revisado 2 jun 2011 • 1045 Views

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